Edith Piaf, Una artista inmensa en una mujer pequeña

Edith Piaf y su acordeón 1936 Foto tomada del libro Vivir para cantar Belleret

Foto tomada del libro “Edith Piaf, vivre pour chanter” de Robert Belleret. Editorial Gründ

“El don extraordinario de la voz, sus cualidades, la generosidad y la inteligencia que se debe tener para hacer lo que hizo”. Charles Dumont, su amigo y compositor.

Lejos de los circos burgueses de París, en medio de viajes itinerantes de provincia en provincia y de espectáculos callejeros, transcurriría parte de la infancia de Edith Piaf, el ruiseñor de París, quien a los 10 años ya cantaba en la calle, al lado de su padre.

A pesar de que era casi iletrada, fue una autodidacta que aprendió a escribir de manera tan sublime que en su carrera se cuentan 82 canciones registradas, muchas de ellas de su autoría. Édith Giovanna Gassion era de familia modesta; su padre, Louis Alphonse Gassion, era acróbata y contorsionista y su madre, Annetta Maillard, conocida con el nombre artístico de Lina Marsa, era cantante ambulante.

Durante décadas, cientos de turistas han llegado hasta la puerta del edificio número 72 de la calle de Belleville, París, para leer la placa que dice: “Sobre las escaleras de esta casa nació el 19 de diciembre de 1915 en la indigencia mas grande, EDITH PIAF, cuya voz más tarde, transformaría al mundo”.

Este año, Francia celebra el primer centenario de su nacimiento. Edith Piaf, la cantante ícono francesa, sigue siendo una leyenda no solo por sus canciones y su genialidad indiscutible sino por ser un paradigma total: una inmensa artista en el cuerpo de una mujer muy pequeña de 1.47 de estatura, con una energía desbordante pero con un estado de salud deplorable, con una vida llena de tristezas y a la vez de triunfos y de amantes.

El mito

Son bastantes las historias que se tejen alrededor de la artista. Casi un siglo después, Robert Belleret, el escritor, periodista, antiguo reportero de Le Monde, y uno de los biógrafos más importantes de Francia, se dio a la tarea de hacer una búsqueda casi policial para redescubrir a la artista. Durante un año y medio de investigación, encontró cosas inéditas en los archivos nacionales, se desplazó por varios lugares, leyó 40 libros sobre ella, analizó la letra de sus canciones, verificó aspectos que eran leyenda. En sus libros “Piaf, el mito francés” y el libro álbum “Edith Piaf, vivir para cantar” 2015, constató hechos como el verdadero lugar de su nacimiento o que su abuela realmente no le daba vino en vez de leche.

Retrato M Belleret biblioteca

M. Robert Belleret. Antiguo Reportero de Le Monde y biógrafo.

Belleret reconstruye la globalidad de la vida y la carrera de Edith Piaf a partir de elementos nuevos y archivos, donde revela entre otras cosas, que es posible que su madre ya estuviera en los dolores de parto en las escaleras del número 72 de la calle Belleville, y de ahí la historia de la placa, pero gracias al certificado de nacimiento firmado por la enfermera Jeanne Crauzier, en ausencia del padre de la niña, pudo comprobar que la madre alcanzó a llegar al Hospital Tenon, ubicado no muy lejos de allí.

También es sorprendente que Edith Piaf siendo aún muy joven y en los comienzos de su carrera artística, aprendió a escribir a través de la correspondencia que sostenía con su amigo mayor, poeta, profesor y confidente, Jacques Bourgeat, a quien ella llamaba cariñosamente “mi Jacquot” y él la llamaba “mi Piafou”. El escribiría para ella su primera canción: “Chants d’habits” (Cantos de vestidos). En los archivos nacionales están las cartas que ella le escribía casi de forma fonética donde la primera carta data de 1936, un texto sin signos de puntuación y lleno de errores ortográficos. Después de la Guerra, las cartas encontradas demuestran su progreso prodigioso y como gracias a él, se cultivó en diferentes temas.

El autor apuesta que una vez desmitificada, Piaf es la encarnación de un genio francés, que sale grande y más vivo que nunca. La vida de Piaf es un libro como nadie se puede imaginar: seducción, pasiones, sufrimientos, accidentes, hospitalizaciones, desintoxicaciones, reencuentros, descubrimientos y sobre todo triunfos hasta América que ella recorre años enteros.

Venida de una clase pobre, pero no miserable, mintió sobre aspectos de su vida que son increíbles, pues dijo que había comenzado a cantar mas tarde y no clarificó otros. Era una niña en la calle de pueblo en pueblo en Francia y a pesar de todo llegó a tener un nivel muy alto.

Edith Piaf tenía un gran carisma, pero al mismo tiempo su temperamento era tan dulce como amargo. Por ejemplo, con su media hermana sostuvo una relación lejana, Piaf fue a verla a Canadá, pero no quiso recibirla antes de su muerte, cuando ella vino a visitarla. O la relación que sostuvo con el cantante Charles Aznavour, quien hizo para ella desde conductor, hasta asistente o cantautor en sus conciertos. Solo fueron amigos y a pesar de la cercanía y la habilidad de Piaf para descubrir talentos, nunca imaginó que Aznavour alcanzaría el éxito después de su muerte y por su propio mérito.

Robert Belleret afirma que la historia de Piaf es arreglada, como una novela al igual que la película que tiene muchos elementos que logran una buena trama pero que en realidad no fueron verificados. Su objetivo no fue desmitificarla sino investigar e ir mas allá. Según él, “ser realista no me impide admirarla. Ella era un genio en su género. Un personaje de excepción”.

¿La vie en Rose?

Es innegable que la vida de Edith Piaf no fue de color rosa. Su infancia no solo transcurre en la calle, también crecería en el negocio de su abuela “Tintine”, una casa de prostitución en Bernay, Normandía. Y luego, tal vez por remordimiento o por interés, la niña es recuperada por su padre para cantar en la calle como lo hacía su madre. A los 14 años, Piaf ya vivía sola y subsistía de lo que recogía cantando con su amiga Simone Berteaut, a quien llamaba “Momone”. Y mientras ellas cantaban, su niña Marcelle de 3 años, nacida de su romance con un joven mensajero, Louis Dupont, moría de meningitis.

“Non, je ne regrette rien”

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M. Charles Dumont -compositor y pianista- y Edith Piaf

Descubierta por Louis Leplée, el dueño del Cabaret Gerny’s, quien la rebautizó con el nombre de Edith “la Môme Piaf”, le dio la oportunidad de cantar por primera vez en un escenario “Les Mômes de la cloche” (“Los niños de la campana”) convirtiéndose en su entrada triunfal al mundo de la música. Sin embargo, el asesinato de Leplée, la llevaría de nuevo a la calle. Sería luego, el compositor Raymond Asso, autor de “Mon légionnaire” y Margarite Monnot, la compositora musical de sus primeros éxitos, quienes la prepararían para ser una cantante profesional del Music hall. Se acercaba la Guerra y durante la ocupación Nazi, cambió su nombre a Edith Piaf.

Muchos años pasarían entre conciertos, obras de teatro, cine y triunfos en Europa, Nueva York, Hollywood, América Latina, etc. En medio de sus dolores físicos y morales se convertiría en adicta al alcohol y la morfina. Las entradas y salidas de los hospitales, eran rutina como sus amores tan grandes y pasajeros que la llevaban al delirio y la pasión. Y sin descanso obsesionada por complacer a su público realizaba giras suicidas cuando su cuerpo no podía más con el ritmo de vida que llevaba.

Pero antes del ocaso, el destino tenía preparado un encuentro que impulsaría aún mas su carrera. Charles Dumont quien no pudo ser trompetista por una infección de amígdalas, terminaría siendo pianista e intentaría sin éxito durante 5 años presentarle sus canciones a la artista.

Dumont vivía en el mismo apartamento que habita hoy a sus 86 años en la Place d’Orsay, del barrio 6 de París. Por esa época, decidió llamar a su amigo autor Michel Vaucaire para que escuchara una canción que venía de componer. A los dos días, Vaucaire ya había escrito la letra para la música de “Non, je ne regrette rien” para Piaf. A Dumont no le gustó ni el título ni que fuera para ella. Sin embargo, Michel Vaucaire consiguió la cita para octubre de 1960 en la casa de la artista.

Ese día, en la puerta 67 bis del bulevar Lannes del barrio 16 de París, cuando él terminó de tocar, la cantante se transformó. “Esa canción me encanta, será la primera de mi repertorio en París, mi regreso en escena después de 3 años. Yo le aseguro que esa canción hará el tour del mundo y siempre estará con usted”. Y no se equivocó.

Dumont compuso para ella la música de más de 40 canciones pero ella grabó alrededor de unas 30. Compusieron y cantaban juntos “Los Amantes” aunque nunca lo fueron pues su amistad era profunda. A tal punto, que un día Dumont llegó a su casa y ella bañada en lágrimas le mostró la canción que había escrito contando lo que ella sintió el día que recibió la noticia de la muerte trágica de su amor, el boxeador Marcel Serdan. Él conmovido compuso la música de “La plus belle histoire d’amour” y se convirtió en su canción favorita.

“El himno al amor” es una canción que ella hizo para ella misma aunque parecía escrita para los dos y el día que se enteró de su muerte, se la dedicó. Su generosidad la llevó a encargarse de la viuda de Serdan y de sus hijos quienes la querían como a una tía.

Edith Piaf no poseía una gran belleza pero tuvo muchos amantes y decía: “estuve muchas veces enamorada y no me arrepiento de nada”. Lo que ella escribió de amor era tan audaz que hoy es todavía moderno, tenía la suerte de la fórmula en la composición de sus canciones. Chales Dumont, su amigo, pianista y compositor es uno de los pocos amigos vivos que aun quedan y a quien le costó reponerse de su muerte. Hoy todavía dicen: “ahí va Charles Dumont el compositor de Edith Piaf”. “Yo no viví jamás en la sombra sino en la luz de Edith”.

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Por su parte, Bernard Marchois, amigo de la artista y director del Museo Edith Piaf, cuenta que el recuerdo más maravilloso que tiene de ella es cuando la veía en su casa repitiendo canciones que aún no se sabía. Como Que nadie sepa mi sufrir (La Foule), vals peruano compuesto por el argentino Ángel Cabral y que se convirtió en un gran éxito en la voz de Piaf con la letra de Michel Rivgauche.

A comienzos de 1956, después de una exitosa presentación en el Carnagie Hall de Nueva York, Piaf viajó a Cuba para tocar durante 10 días en el Cabaret Sans-Souci. De ahí pasó a Miami y a México, donde se presentó en el Cabaret El Patio, ocasión que aprovechó para cantar 3 de sus grandes éxitos en español: La vida en rosa, El himno al amor y Las hojas muertas.

Regresó a NY, para volar a Río de Janeiro, donde, pese a su aversión a hacer los recorridos obligados de los turistas, visitó sus largas avenidas, sus playas blancas, el Corcovado, al igual que una escuela de samba. Por último, asombró a todos en el Palacio Copacabana del 9 al 22 de abril de 1956, delante de un público carioca conquistado por su talento. São Paulo le gustó menos, pero regresó a París fascinada por el exotismo de América Latina.

Su última morada

Su nacimiento como su muerte encierra un secreto y una verdad indiscutible, ella manipuló su imagen hasta el final. Su fallecimiento fue anunciado oficialmente el 11 de octubre de 1963, aunque algunos dicen que fue el 10, pues falleció en Plascassier a los 47 años de edad de cáncer hepático, pero su último deseo fue que su cuerpo fuera transportado hasta París de forma secreta para hacer creer a todo el mundo que había muerto en su ciudad natal.

Al enterarse de su muerte, su gran amigo, el intelectual Jean Cocteau, no solo escribió para ella estando joven su primera pieza de teatro “La Belle indifférent” sino que escribiría ese mismo día un texto sin saber que esa tarde él también moriría. “El barco se acaba de hundir. Este es mi último día en esta tierra”.

Ese día, una inmensa multitud de admiradores salió a acompañarla desde el boulevard Lannes hasta el Cementerio Père-Lachaise. Allí reposa junto a su padre y a su hija Marcelle. Theo Sarapo, su último esposo moriría luego en un accidente automovilístico en 1970 y fue enterrado en la misma tumba. Las hermanas del artista griego recibieron toda su fortuna.

La leyenda continúa

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Exposición Piaf en la Biblioteca François Mitterand

La exposición realizada en la Biblioteca François Mitterand por los curadores Joël Huthwolh y Bertrand Bonnieux, gracias a la colección privada de la Biblioteca, a los objetos donados por su secretaria Danielle Bonel, con la colaboración del Director del Museo Edith Piaf, Bernard Marchois, organizaron un recorrido dividido en 4 secciones acompañados de su repertorio musical: “La mujer del pueblo”, expuso su origen e infancia, “Una voz”, presentó su carrera musical, “Himno a la amor” la mujer enamorada y espiritual. “Piaf, el fenómeno y la leyenda” mostró a la artista mediática. Esta exposición se hará itinerante en otras ciudades francesas y el extranjero.

El 19 de diciembre de 2015 están programadas una misa en la iglesia de Saint Jean Baptiste de Belleville, donde Piaf fue bautizada en 1917, una visita al cementerio Père Lachaise y en la noche, una comedia musical “PIAF, Le spectacle”.

Artículo publicado el jueves 17 de diciembre en el periódico El Tiempo

http://app.eltiempo.com/estilo-de-vida/gente/perfil-de-edith-piaf/16460263

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