ANTONI MIRALDA

El artista de la “Food Cultura”

Antoni Miralda es un artista multidisciplinario que, desde los años sesenta, se ha movido entre las intervenciones del espacio público, la adoración por los objetos y un concepto plástico que prácticamente se inventó: la “Food Cultura”, que no es otra cosa que obras de arte comestibles. Es catalán, nunca estudió arte y todo lo aprendió en la práctica. Es un fuerte crítico de la España de sus tiempos. Un explorador que se ha comido hasta un meteorito. Un artista universal cuya retrospectiva fue expuesta recientemente en el Museo Reina Sofía de Madrid y cuyo más reciente proyecto representa a España en la exhibición “Arts & Foods”, en el marco de la Expo 2015 de Milán, donde también están artistas como Friedman y Oldenburg.

Miralda en su casa – estudio en Barcelona. Objetos del Restaurante El Internacional, NY. Foto tomada por el fotógrafo y artista Hugo Cardenas

Por: Carolina Niso

Alguna vez un historiador de arte definió el talento de Antoni Miralda como la acumulación de locura tras locura y tal vez esa sea la definición más acertada para un espíritu creativo, capaz de convencer a cualquiera de que hay una puerta donde no la hay y que hay una ventana donde no hay un muro.

Sus obras son hechas para el mundo y por todo el mundo, con cientos de amigos artistas y colaboradores en cada rincón del planeta. Miralda no conoce las barreras del idioma, ni la religión, ni la política. No piensa en pequeño. Él vive, crea, ama y disfruta en grande, sin límites.

Un ejemplo de su ingenio –según lo cuenta su compañera de más de 30 años, Montsé Guillen, cómplice en cada uno de sus proyectos– remite al día cuando se le ocurrió que podía casar a la Estatua de la Libertad en Nueva York con la estatua de Cristóbal Colón en Barcelona. “Fue muy simple –dijo Miralda–. Cuando yo descubro que la Estatua de la Libertad en Nueva York y el monumento de Cristóbal Colón en Barcelona tienen la misma edad, nacieron el mismo año, están en el mismo paralelo y él está apuntando lo que ella está iluminando, la conexión se hace y el trabajo ya está hecho”.

La idea, que nació a partir del “puente histórico” que hay entre España y Nueva York –bajo el tema de “la libertad” para representar a España en la exposición universal de “Venecia 1990”–, se convirtió en la obra que simbolizó la unión de dos mundos y coincidió, dos años después, con el aniversario de los 500 años de la llegada de los europeos a América.

Solo un artista como Miralda podía haber imaginado una historia de amor entre ambos monumentos, y con esta idea en la cabeza pasó siete años calculando hasta el más mínimo detalle, tal cual lo haría hoy en día alguien que organiza una boda para la alta sociedad o la nobleza.

Paralelamente, iba conformando su equipo de trabajo y para ello invitó a su amigo galerista y curador, Silvio Gitter, quien enamorado de la obra de Antoni, se convirtió en el coordinador de “Honey Moon”. A Gitter lo contagió la adrenalina del artista: viajes, horas extensas de trabajo, noches sin dormir, entrevistas y reuniones con patrocinadores.

Con la participación de diferentes ciudades del mundo, el proyecto “Honey Moon” invitó a los niños de diferentes colegios y ciudades para que escribieran la correspondencia de amor entre “Liberty y Colón”.

Luego, Miralda contactó a la empresa familiar Boyé –de la ciudad de Sete, Francia– para decorar el vestido de la novia. Allí se dieron a la tarea de crear un bolero donde estuvieran escritas las palabras “bienvenida” y “felicidad” en todos los idiomas posibles. Así mismo, su amiga, la artista Anne Boyé, se ocupó del collar (una cadena de aros en hierro entrelazados), donado por la ciudad de Sete, como regalo de boda.

El matrimonio se programó en Las Vegas –inicialmente previsto en el Hotel Cesar Palace, donde los patrocinadores querían invitar a un selecto círculo de amigos–, pero Miralda se opuso y decidió, en el último momento, que la ceremonia se hiciera en medio del desierto, porque para él su obra debía ser para todos y de libre acceso.

Un 14 de febrero, día de San Valentín, llegaron la caja con el vestido de la novia, el perfume hecho en Marsella y los invitados de todo el mundo. Para poder vestir a “Liberty”, pidieron ayuda a unos alpinistas que vistieran la estatua sobre una gran roca. El pastel de la boda realizado por más de 1000 personas fue hecho en París en la Plaza de Trocadero. Y con una proyección de video se pudo apreciar el matrimonio más célebre del momento.

Muchos años después del matrimonio entre “Liberty y Colón”, Miralda ha continuado creando obras que desbordan la imaginación. Entrar en el universo del artista, en su casa taller en Barcelona, es como abrir la puerta de un mundo mágico lleno de objetos perfectamente organizados en cajas plásticas transparentes. Mucho de ellos, referentes a la comida. Porque Miralda es el artista que ha fabricado un universo de materiales comestibles y de toda la ceremonia que envuelve el alimento.

Un curioso que llegó al oficio artístico a principios de los sesenta, en París, donde literalmente se enloqueció por los rituales. Desde entonces, investiga, se inspira, se unta y se relame a sí mismo en torno a la comida. Prueba de ello fue su curioso restaurante El Internacional, una obra de arte comestible, que alcanzó inusitado éxito durante la década de los ochenta en Nueva York; así como el Power Food Lexicom, un libro que publicó en 2008 y que es una revisión poética de las conexiones entre comida, energía y poder.

Un artista universal cuya retrospectiva fue expuesta recientemente en el Museo Reina Sofía de Madrid y cuyo más reciente proyecto representa a España en la exhibición “Arts & Foods”, en el marco de la Expo 2015 de Milán, donde también están artistas como Friedman y Oldenburg.

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Vestido de Compromiso. Jacob K. Javits Convention Center. New York, 1986. Foto de archivo, Antoni Miralda

 ¿Dónde nació y qué significó para usted crecer en la época en que Franco dirigía España?

Nací en Tarrasa, Barcelona en un momento donde España era solo Franco, flamenco y paella. Tarrasa era una ciudad industrial textil y todo el mundo en el pueblo trabajaba en eso. Por donde yo caminaba solo se escuchaba las máquinas de coser. Era una ciudad sin color ni naturaleza, pero para mí era normal pues era lo único que conocía.

¿Qué anécdotas recuerda con especial cariño de su niñez?

Un momento especial era cuando mi padre me llevaba de viaje a Barcelona para ir a la Opera. Llegábamos a la ciudad e íbamos al mar, que en esa época era sucio y mal oliente, pero me encantaba. Luego caminábamos Las Ramblas y veía todas esas prostitutas callejeras a medio vestir hasta llegar a la Opera. Era el viaje más maravilloso porque era un encuentro con la realidad.

¿Cuál era su sueño cuando era niño?

Mi sueño era viajar y sabía que mi camino era el arte aunque no estaba muy definido. Era muy creativo como mi madre a pesar de que toda mi familia estaba metida en la industria textil.

¿Por qué decidió convertirse en artista?

Tenía 19 años y quería conocer el mundo. Un día tomé la cámara de mi padre para irme y nunca volver. Eso era lo que pensaba en ese momento. Me fui a París, solo, no hablaba francés, pero quería estudiar en Bellas Artes. Cuando entré a estudiar, me la pasaba en la cafetería, nunca iba a clases. En realidad nunca estudié, todo lo he aprendido en la investigación y la práctica. Siempre me ha gustado trabajar con otros artistas y combinar los saberes. Por esa época, gracias a unos amigos, conocí al director artístico de la revista Elle, Peter Knapp, artista, grafista, pintor y un gran fotógrafo de moda. Con la revista Elle trabajé varios años y paralelamente comencé mis proyectos artísticos.

¿Podríamos decir que su obra Soldats Soldés, de crítica antimilitar, es decisiva en su carrera?

Pues me abrió las puertas. En ese momento, el mundo vivía las guerras de Argelia y Vietnam. Tal vez por eso mi obra “Soldats Soldés” causó bastante impacto, porque era una crítica antimilitarista a través de una serie de soldados en plástico, a gran escala, que estuvieron expuestos en diferentes lugares públicos de París. La idea de crear esta obra viene de los recuerdos de mi infancia. Como nací en la época de Franco, mis primeros juguetes fueron soldados de plástico e incluso hasta mi álbum familiar estaba decorado con soldaditos. ¡Ja!

Y en ese momento tuvo que volver a España a presentar su servicio militar. ¿Cómo fue esa experiencia?

Me tocó volver a España para hacer el servicio militar y a los tres meses decidí hacer un monumento al soldado con basura. Todo el ejército estaba furioso y me salvé de ir a prisión porque mis amigos de la revista Elle, en París, lograron hacer un contacto con una emisora en Barcelona para hacerme una entrevista como artista. Todo estaba arreglado, yo di la entrevista y volví a Francia.

¿Participó en la manifestación estudiantil de 1968?

¡Por supuesto! Estuve ahí levantando adoquines, pero cuando la policía llegó todos corrimos y me capturaron pues lo primero que miraba la policía era si las manos estaban negras de tierra y las mías estaban llenas. Al verlas me dijeron que si volvían a atraparme me devolvían a España y a mi me dio mucho miedo después de lo que había pasado en el servicio militar.

¿Cuándo comienza a hacer instalaciones con comida y obras de arte comestible?

Conocí gente muy interesante como a la artista Dorothée Selz y con ella empecé una colaboración artística llamada “Traiteurs coloristes”.  Era una aventura, organizábamos ceremonias donde los invitados se comían las obras: panes que coloreábamos con ayuda de los panaderos. Al ponerles verde, azul, rojo o rosado, ya no eran reconocibles. Se convertían en obras estéticas comestibles con intervenciones y banquetes. 

¿Su decisión de crear obras con arte y comida está influenciada por el momento histórico que vivía?

Inicialmente me inspiraba más mi recuerdo de las comidas festivas cuando era niño, pero luego, obviamente, hay una conexión con el momento que vivíamos y la consciencia de que había hambre en el mundo. Particularmente nunca viví esta experiencia.

Usted tiene una anécdota muy graciosa de su primer viaje a Estados Unidos. Terminó en un circo y no en una galería. ¿Cómo fue eso?

Recibí una invitación de la galería Richard Gray, una de las más importantes de Chicago. Estaba muy ilusionado, había comprado con anticipación el tiquete de avión y una maleta verde especialmente para el viaje, porque siempre he detestado las maletas grises o negras. Llegué al aeropuerto y estaba muy despistado. Recogí mi maleta verde y vi que me estaban esperando. Me hicieron subir a un autobús y no sabía a donde me llevaban. Pensaba que iba para la galería cuando, de repente, llegué a un sitio donde había una convención internacional de un circo. ¡Qué sorpresa! No sé si fue el color de la maleta que ellos pensaron que yo iba para allá. Y me he encontrado lo mejor de lo mejor, un gran espectáculo. Y ahí me perdí todo el día hasta que logré encontrar la galería y llegar a mi destino.

¿Luego de Chicago a dónde se fue?

Viví una experiencia fabulosa en Kansas. Fui por invitación del director de un museo y quedé fascinado porque allí el público interactuaba con las obras. Era un museo como deben ser los museos, un espacio para explorar. Cuando decidí mudarme a Nueva York, no conocía a nadie. Y luego llegó Montse a instalarse conmigo. Allí empecé a trabajar las instalaciones con otros artistas.

¿Cómo conoció a Montse Guillén?

Volví a Barcelona y un gran amigo me invitó a un restaurante diciéndome que me iba a gustar mucho. Y veo a esta chiquitica divina, Montse, una mujer encantadora que tenía el primer restaurante creativo en Barcelona. Restaurantes regidos por una mujer, había muy pocos. Fue un encuentro interesante. En este lugar, ya había un intento de investigar, de trabajar la comida de avant garde pero con una inspiración con ingredientes curiosos. Así que a los tres días de conocerla, le pedí a Montse que me ayudara con el proyecto “Flauta y trampolín” para El festival de música de Cadaqués. Mi propuesta era invitar a todo el mundo a una degustación en un pasillo de mesas que iban de la montaña hasta al mar. Pero para que la gente pudiera comer necesitábamos una flauta, la flauta belga, que es un pan francés más delgado. Le pedí entonces a Montse que me diera una mano y dentro de la flauta belga, metimos una flauta verdadera. Al final para sorpresa de todos, apareció en una ventana el gran flautista Jean Pierre Rampal. Nos fue muy bien trabajando juntos y ya llevamos más de 30 años entre viajes y proyectos. No tenemos hijos, pero ella tiene de su primer matrimonio.

Montse cuenta con humor la invitación que usted le hizo al Brasil ¿Cómo han hecho para seguir juntos por tantos años?

La anécdota más divertida es la del Carnaval de Bahía, Brasil. Ya vivíamos en Nueva York y le puse una cita en Bahía, pero no le dije en dónde. Montse llegó al aeropuerto y no me encontró, así que se fue a un hotel y decidió disfrutar el Carnaval sola. Fue divertido porque a los dos días me encontró montado en un árbol filmando. Si no me ve, no nos vemos. Ella no estaba disgustada, al contario se alegró de verme. Creo que seguimos juntos porque vivimos el día a día con los proyectos, a ella le gusta mi originalidad y a mí su talento en la cocina.

¿Cuál es la historia del restaurante “El Internacional” en Nueva York?

El principio era muy claro. La idea viene del restaurante tan creativo que tenía Montse en Barcelona y cuando se vino a vivir conmigo a Nueva York decidimos crear un restaurante con un concepto diferente. Buscamos durante un año un sitio interesante y cuando lo encontramos en Tribeca, un lugar donde había pasado la mafia en los años 50’s y 60’s, era el lugar perfecto para abrir el primer restaurante de tapas español en Nueva York.  Yo mezclaba el restaurante con mi trabajo, vivía allá. El restaurante duró dos años en funcionamiento y se convirtió en un ícono de New York en los años 80.

Autógrafo Andy Warhol en un menú del Restaurante El Internacional, NY. Foto tomada en su estudio por el fotógrafo y artista Hugo Cárdenas

¿Cuáles son los momentos más especiales que recuerda en el restaurante?

Lo primero, que la gente descubría es que era algo más que un restaurante. En realidad, era una propuesta de creación artística día a día, donde se alimentaban la experiencia y las interacciones alrededor de la comida y en el que los clientes acababan siendo participantes. Cada persona que entraba se le entregaba un periódico más el menú. El Internacional Newspaper, era el periódico editado por el restaurante que incorporaba noticias y textos alrededor del proyecto y la comida. Al restaurante venían tantas personalidades que ya ni me acuerdo, pero entre los más asiduos estaban Andy Warhol y Jean Michel Basquiat, entre otros. Tal vez uno de las anécdotas que aún me hacen reír es el mensaje de un cliente anónimo que nos dejó en el menú: “El Internacional se está convirtiendo en un lugar vulgar americano. Ya no es interesante, lo único que desea es hacer dinero pero no tiene la creatividad de antes. Adiós”. Eso me encantó, me gusta la gente crítica. Para mí, lo más interesante de El Internacional fue el proceso de dialogar con el restaurante en sí mismo, con la historia de NY y con la historia de América.

¿Cómo es la historia del proyecto los “banquetes ceremoniales”?

El proyecto “Honey Moon” fue paralelo al restaurante. Nunca he pensado en los proyectos por separado. Desde hacía mucho tiempo ya estaba haciendo los dibujos para este proyecto. De ese puente histórico que hay entre España y Nueva York sobre el tema de la libertad, nace la historia de amor y matrimonio entre la Estatua de la Libertad y la Estatua de Cristóbal Colón.

A lo largo de su vida y su carrera ha conocido muchas personas ¿Quiénes son sus grandes amigos?

Tengo amigos que admiro y a los que les tengo mucho cariño como mi amigo artista Christo Javacheff creador de instalaciones artísticas ambientales (Land Art). Y mi amigo artista Antoni Muntadas con quien tuve la oportunidad de trabajar en Chicago. En realidad tengo demasiados amigos para nombrarlos. Soy un espíritu nómada, que viaja y ama conocer. Luego es la diversidad lo que me interesa mucho.

¿Cuándo y por qué crea Food Cultura?

Food Cultura es un proyecto que gira en torno al estudio de la comida y sus múltiples implicaciones artísticas, sociales y económicas en todas las culturas. Nace como un proyecto escrito en el año 2000 cuando me invitan a Hannover, Alemania y es cuando decido compartirlo con personas interesadas en el tema: estudiantes de escuela de cocina, antropología, etc. Aunque empiezo el concepto desde antes con mi trabajo en general, Food Cultura se conceptualiza con Montse Guillén y sobre todo con el artista de origen cubano, César Trasobares, especializado en collage, instalación y performance en Miami.

¿Cómo se trabajan los proyectos a partir del concepto de Food Cultura?

El concepto se va consolidando con otros proyectos. No es fácil, hay personas que te preguntan: ¿usted qué está haciendo y qué tiene para vender?, ¿cuál es la obra? Para algunos es difícil de entender que una obra se haga con 200 personas trabajando en la conceptualización, la documentación y la realización. Son obras que tienen muchos ingredientes y no siempre es factible dialogar con el mercado del arte cuando estás trabajando. Tienes que encontrar con quien dialogar para poder llevarla a cabo.

Su amigo y curador Conrado Uribe cuenta que usted participó en el Festival de video Arte “Loop” con una propuesta muy original y divertida de Food Cultura. ¿Qué propuso?

La obra es muy simpática porque es un stop motion (técnica de animación que consiste en aparentar el movimiento de objetos estáticos) hecho a partir de una calavera que hice con fríjoles en Brasil y la filmaba cada día mientras le crecían hojitas a los fríjoles. Era como llevar la idea del experimento de la escuela que hemos hecho todos y convertirlo en obra de arte. A medida que las hojas iban creciendo parecían bailando. Y escogí la música de una artista portuguesa de principios del siglo XX Carmen Miranda porque su apellido se parece al mío y me encanta el ritmo. Yo mismo atendía el stand de Food Cultura y allí ofrecía el video a un precio muy económico.

¿Cómo lo contactaron para representar a España en la exposición universal Milano 2015, “Alimentar el Planeta, energía para la Vida”, abierta hasta octubre de este año?

“El Viaje del Sabor” como se llama el pabellón de España es una propuesta poética, concebida para provocar la reflexión en torno a la comida, a modo de vínculo artístico. Me invitan a través de una amiga consultora para que haga parte de este proyecto. Ellos hablaban del lenguaje de la comida  y yo propuse el viaje de la comida. Fue un concurso de 30 participantes y ganamos el concurso. Fue un trabajo muy largo, muy intenso, donde había que trabajar y coordinar con todas las entidades políticas, institucionales y docentes.

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El Viaje del Sabor Pabellon de España. EXPO Milano 2015 Foto de archivo, Antoni Miralda

¿Podría explicarme la obra?

El símbolo es la maleta. Creé una obra de reflexión que, quien la vea, debe tener el tiempo de experimentarla o no la verá. Es una obra que tiene su necesidad de dialogar pero sobre todo de integrarse con una expo universal. El problema de ver una obra en una exposición universal es que, en un día el público tiene que ver 10 pabellones y previo debe hacer una fila de una hora para entrar. Pero en general ha sido una obra muy apreciada.

Esta obra cuenta con el soporte musical del compositor Pablo Salinas, ¿Es usted quién lo contactó?

Cuando ya todo estaba en ruta, Pablo Salinas, entra gracias a un amigo. Él es un virtuoso y para este proyecto le propuse volver a la música abstracta, la música de las películas italianas para que los italianos sintieran la obra. Y fue lo mejor que pudo pasarle al proyecto. Cada alimento tiene su música.

¿Cree que su arte ha contribuido para crear conciencia con respecto a la importancia de la comida y el cuidado del planeta?

Yo creo que no hay que ser tan ambicioso, si tú llegas a convencer a la hija del portero o al vecino del garaje… Si hay dos personas que han entendido, ya basta. No espero convencer a todo el planeta.

Y hablando del planeta, su amigo artista Alfonso Borragán cuenta que usted y él se comieron un meteorito. ¿Cómo es posible?

Esta anécdota es muy graciosa, nos comimos un meteorito con 130 personas. Nos invitaron a participar en un experimento científico en Barcelona. Entre todos machacamos un meteorito y lo bebimos con agua con gas. Era una especie de histeria colectiva muy científica. Y luego me llevé un poco de polvo de meteorito para mi casa y lo puse sobre la mesa. Un día la hermana de Montsé vino a comer con nosotros y creyendo que era sal, le ponía el polvo del meteorito a su plato. Yo solo la miraba y me divertía. Siempre me ha gustado observar a la gente sin que ellos sepan lo que están experimentando.

Su amiga Anne Boyé afirma que ella pudo finalmente comprender su obra cuando fue a ver la retrospectiva que le hicieron en el Museo Reina Sofía de Madrid. ¿Qué significó esto para su carrera?

Fue el Director del Museo, Manuel Borja, quien me contactó. Yo tenía un taller muy grande en Miami y me mudé a España cuando me propusieron la exposición. No creo que sea el momento más significativo de mi carrera artística, pero fue una buena ocasión para mostrar mi obra, organizarla y enseñarla sobre todo cuando hay un desconocimiento grande, porque es una obra muy curiosa, diversa y un poco extensa que hasta entonces no se había explicado. La gente como mi amiga Anne pudo entender mejor mi arte. Para mí fue interesante tomar un espacio del palacio de arte en medio del parque El Retiro en Madrid. Era trabajar con una institución pero en un contexto paralelo, una manera de explicar la obra sin que tengas que pasar por un museo.

Ahora está preparando una nueva retrospectiva ¿Para cuándo y en dónde?

Ahora estoy trabajando la obra de la aventura americana para el MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona). Este es una retrospectiva que se basa en los cuentos americanos prevista para finales del año que viene. Espero para ese momento tener listo el libro que recopila todas las historias del Restaurante “El Internacional”

¿Podría definir su estilo de arte en tres palabras?

Participación, intervención e interacción. Participación con un proyecto. Intervención en el espacio. Interacción con la gente.

¿Cuál es su comida preferida? ¿le gusta cocinar?

La mezcla de dulce con salado al mismo tiempo. Soy cocinero fatal. He estado con una cocinera maravillosa desde hace muchos años. Cocinar es un ritual y una manera de respetar el propio estómago. Me gusta un plato dependiendo del lugar. Y mi bebida favorita depende de la época. Por ejemplo amo la horchata en el verano y también el Blue Margarita que creamos en el restaurante en Nueva York.

¿Qué imagen tiene usted de Colombia? ¿Conoce nuestro país?

Conozco Bogotá. Veo que Colombia es muy visceral, muy voluptuosa. Es uno de los países más ricos del mundo latino. Colombia es mucho más sensorial que otros países.

¿Cuál es su lugar favorito en el mundo?

Tengo muchos lugares favoritos. Son lugares anónimos. Vivo obsesionado con los monumentos. Pero el paisaje anónimo tiene algo entrañable, el lugar donde una persona te sirve y te cuenta sobre su padre.

¿Un sueño que tenga por cumplir?

Mi sueño es terminar el libro de El Internacional.

Entrevista realizada para la Revista BOCAS de El Tiempo edición #45 septiembre 2015

Artículo A Miralda Bocas pag 1

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